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Comentario evangélico. Domingo 22º Ordinario, ciclo B.

Un corazón alejado de Dios

Dios nos ha dado lo mejor

   Todas las personas tenemos un corazón, gracias a Dios podemos decir, ya que nos ha creado con la mayor dignidad que repartió el día de la Creación. Somos personas racionales, sí, pero también personas con alma, con corazón, con sentimientos. Sucede que, por si nos había dado pocas cosas también, Dios nos regaló el don de la libertad. Y el ejercicio de esa libertad también nos puede alejar de Dios. El evangelio de este domingo es una advertencia para que eso no ocurra. Vayamos a él.

El valor de la Ley

    Los escribas y fariseos que seguían a Jesús se escandalizan al ver que sus discípulos incumplen una prescripción de la Torá que, según ellos, debía ser escrupulosamente respetada sin atender a ningún otro razonamiento. La Ley lo disponía así y así había que cumplirlo. Valga decir que en tiempos de Jesús la Ley tenía un valor no solo normativo sino eminentemente religioso, era el signo visible de la Alianza que Dios había establecido con Moisés en el Sinaí. Nuestras categorías actuales sobre el valor de la “Ley” no coinciden con la valoración que tenían los fariseos y escribas.

Hipocresía

     Por eso es necesario que volvamos al significado central del texto y prestemos atención a la respuesta de Jesús que se sintetiza en una única palabra: hipocresía. Estos fariseos y escribas son unos hipócritas, porque ellos están denunciando sólo la inobservancia de una norma externa y sin embargo en sus vidas todo es apariencia y falsedad. La escena acaba ampliando el auditorio. Ahora Jesús ya no solo se dirige a los fariseos y escribas sino que ha llamado a la gente, porque este mensaje es importante. El Señor, de nuevo, desvela la realidad de las cosas. No son los alimentos los que hacen impuros al hombre sino que lo malo (las malas actitudes, las malas obras) del hombre, sale de su propio corazón. Por tanto el mensaje de Jesús está claro: a los fariseos, a los escribas, a sus discípulos y a todos nosotros. La hipocresía, la falsedad, aleja nuestro corazón de Dios, es así de contundente.

Autenticidad

     No podemos dar la impresión de ser unos hombres religiosos por fuera y no serlo también por dentro. No es justo que estemos siempre desviando la mirada hacia los otros, hacia el mundo o hacia las instituciones como si solo ellos fueran los responsables de que el mundo esté como está. Quizás también tengamos que preguntarnos qué parte de responsabilidad es nuestra. Luchar en nuestra vida diaria por ser auténticos, sinceros, transparentes y rechazar cualquier atisbo de hipocresía, esto también es un acto de amor a Jesús.

Rubén Ruiz Silleras

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