La oración nos transfigura (21-2-2016)

LA ORACIÓN NOS TRANSFIGURA

     Queridos hermanos en el Señor:

     Os deseo gracia y paz.

     Según la narración de san Lucas, Jesús “tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte a orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor” (Lc 9,28-29). Este evangelista es el único que menciona la intención de Jesús (“subió a lo alto del monte a orar”) y la circunstancia en que se desarrolla la transfiguración (“mientras oraba”).   San Lucas destaca que los principales momentos de la vida de Jesús se desarrollan en un ambiente de oración: el bautismo, la elección de los Apóstoles, la confesión de fe de Pedro en Galilea, la transfiguración, el anuncio de la negación de Pedro, la oración en el monte de los Olivos, la oración en la cruz. Es el evangelista que recoge las grandes oraciones litúrgicas: Magnificat, Benedictus, Nunc dimittis, Gloria in excelsis Deo.  Merece la pena que consideremos la insistencia en la oración durante el episodio de la transfiguración que proclamamos en el segundo Domingo de Cuaresma. Jesús sube al monte a orar. La actividad del Señor no le impide elegir un espacio y un tiempo para el diálogo de amor con el Padre.      

      ¿Cuándo nos retiramos a un lugar determinado a orar? ¿Cómo buscamos ese ámbito preciso que nos permite tomar distancia de los acontecimientos, no de las personas? Hemos de elegir ese espacio concreto en el que es más fácil la comunicación con Dios para escucharle, para hablarle y para renovar y restaurar la comunión con los hermanos. Es importante acertar con el recinto, pero es todavía más importante encontrar la situación, externa e interna.      

      ¿Cuánto tiempo dedicamos a la oración? Pero ha de ser tiempo de calidad, no instantes ni fragmentos fugaces. No breves secuencias como para cumplir una obligación penosa. Sería contradictorio dedicarle al Señor unas migajas de nuestra vida cotidiana, sabiendo que “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). La oración se hace fecunda cuando es intensa, no superficial, aburrida, inconsistente.      

      La respuesta del Padre a la oración de Jesús es la transfiguración, que se manifiesta en su rostro y en sus vestidos. También el rostro de Moisés resplandecía: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor” (Ex 34,29).      

      De modo semejante, a nosotros el Señor nos cambia por dentro en el diálogo orante. Y nuestro rostro puede reflejar el resplandor de una luz nueva. Con frecuencia, después de la oración, las circunstancias que vivimos, nuestras penalidades y contradicciones, siguen siendo las mismas, pero nosotros ya no somos “lo mismo”, porque experimentamos una presencia que nos acompaña y podemos decir: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105). Cantamos con el himno litúrgico: “su claridad disipa nuestras sombras y llena el corazón de regocijo”. Hay una luz más que guía nuestros pasos.      

      La oración que transfigura ha de entenderse no como una actividad, un quehacer, un precepto, sino como nos indica Santa Teresa del Niño Jesús: “un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

      Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca.

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