Comentario evangélico, Domingo 17 Ordinario, ciclo A.

El tesoro menos escondido

       Indiana Jones no dio con este tesoro, pese a ser el más esplendoroso y menos escondido. La verdad es que para encontrarlo solo es menester tener los ojos un poco abiertos y no haber menospreciado la propia condición humana que tiene en la inteligencia prudente uno de los signos esenciales más característicos. El tesoro es el reino de los cielos y consiste en saber/gustar que Dios reina, que es el rey y no hay otro, que su reinado tiene mucho de intimidad y nada de exhibicionismo, que se parece mucho más al hogar familiar de antaño que a un centro comercial de los que gustan hoy día y que tanto marcan el ritmo de la vida.

       Para ver el reino es necesario ser el Salomón que pide a Dios “un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”. Un “sabio e inteligente”, que tiene como primer fin la justicia. Y la justicia tiende al bien común. Me atrevería a decir que tiende sencillamente a Dios, pasando por los hombres, porque Dios es el sumo bien. Esta sabiduría que Dios concede a su rey -por el bautismo todos somos reyes, hijos del rey, del Dios feliz y eternamente reinante- es una sabiduría de sentido. Lo dice maravillosamente bien el apóstol san Pablo, cuando se dirige a los romanos: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”.

       Claro, clarísimo. El inteligente pone a Dios en lo más alto de sus aspiraciones y, al n perder esta perspectiva, todo encaja, todo sirve para alcanzar el máximo bien humano que no es otro que bendecir y glorificar al Padre celestial por eternidad de eternidades. Claro, poseer el más grande de los tesoros o la más preciada de las perlas supone tenerlo todo. Cuando se tiene, sobra todo. Y no solo sobra, sino que en buena lógica es necesario haberse despojado de los pobres tesoros que amasan las personas sin fe y que resultan ridículos a la sensibilidad del santo, del que sabe que “solo Dios basta”.

       Dios es el reino definitivo, la morada perpetua. Quienes me conocen saben de mis intereses filosóficos. Algunas veces, entre los argumentos más abstractos se encuentran hilos de orofino de la más profunda sabiduría sapiencial, valga la redundancia. Así me ha pasado con la Zambrano, quien pone en relación el ‘todo fluye’ de Heráclito con el ‘Dios no se muda’ de Teresa. Permítanme que la cite: “Todo pasa, dice Heráclito. Y como un eco sobrepasado en la fe cristiana, santa Teresa: ‘Todo se pasa, Dios no se muda’. ¿Querría decir que nada se pasa porque Dios no se muda, que todo se eterniza?”. No voy a decir lo que creo que quiere decir, pero sí aventurar una explicación para andar por la casa común sin perder el norte: sin Dios todo es caduco, incluso yo; con Dios, todo tiene un valor eterno, incluso yo. ¿Ven? Con Dios en lo alto, con Dios en la base, todo encaja. No hay versos sueltos. Todo casa en la armonía de la verdad más bella. Armonía y polifonía. No monodia. En el bello canto de la verdad hay distintas voces, como en el cuerpo hay distintos órganos.

      Miro a María y le pido capacidad y audacia para gritar con los susurros del corazón: “Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños”.

    José Antonio Calvo

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