Comentario al evangelio. Domingo 4º Adviento, ciclo B.

       Destacamos algunos aspectos de este texto tan antiguo y siempre nuevo.  Y hacemos silencio dentro de nuestro corazón.

1.– ALÉGRATE, LA LLENA DE GRACIA. 

       Dios es amor y sólo tiene una preocupación:  el hacernos plenamente felices. Es lo primero que hace Dios: llamarnos a la alegría. En este caso es la alegría mesiánica, el gozo de tantos personajes famosos en la historia de Israel que “quisieron ver este día y no lo vieron”.  El nombre de la Virgen era MARIA. Pero el nombre que le da el Ángel es “la llena de gracia”.  Lo que define el ser más genuino de María es el “estar llena de Dios”. María rezuma a Dios, rebosa de Dios. Si Dios nos quisiera poner a nosotros un nombre ¿Qué nos pondría? ¿Los llenos de Dios?  ¿O tal vez los “vacíos de Dios”, “los mediocres de Dios”, los “vulgares de Dios?  María es una llamada constante a la plenitud.

2.– ELLA SE TURBÓ. 

       Y no era para menos. Lo que el Ángel le anunciaba era tan enorme que no lo podía digerir. Siente esa especie de “escalofrío” que suscita el Misterio. Y se da siempre que lo finito se topa con lo INFINITO, la nada con el TODO, o como dirá Santa Teresa “el ser que no es con el ser que nunca acaba”. Dice R. Tagore: cuando un pájaro ha cantado sobre la rama de un árbol, al marchar, la rama queda estremecida. No un pájaro cualquiera, ni siquiera un ruiseñor, sino un ángel de Dios ha cantado el más bello canto sobre la rama tierna del viejo árbol de Israel. La rama llamada María “quedó estremecida”.  Las palabras de María en el Magníficat es el himno de agradecimiento cantado por María con esa alma estremecida. 

3.– HAGASE EN MÍ.

       En la vida es bonito decir sí. Es bonito estar atentos a las necesidades de los demás. Cuando una joven pareja se presenta ante el Altar para decirse que sí, que se quieren, Dios les regala un Sacramento. Si ha habido un sí famoso en la historia de la humanidad ha sido el sí de María.  Nadie ha recogido tan bien como San Bernardo ese momento único y trascendental. “El ángel espera tu respuesta, Oh María. También nosotros estamos esperando. En tus manos está el precio de nuestro rescate: responde pronto, Oh Virgen. Pronuncia la palabra que el cielo, la tierra y hasta los infiernos esperan de ti.… Mira, es el deseo de todas las gentes el que está ahí fuera y llama a tu puerta…Levántate, corre, abre. Levántate con la fe, corre con tu afecto, abre con tu consentimiento”.  María tuvo la osadía de decir sí al Misterio de Dios. Como otro Abrahán, salió de su tierra, salió de sí misma y se dirigió a la tierra de Dios “sin saber adónde iba”. María cargó con el Misterio de Dios durante toda su vida. No pretendió abrirlo, entenderlo, porque lo hubiera estropeado. María “no entendió a Dios” (Lc. 2,50), pero hizo algo mucho más importante: se fió plenamente de Él. 

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