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San Juan de Ávila (10-5-2020)

       Queridos hermanos en el Señor:  

       Os deseo gracia y paz.      

       Benedicto XVI en su Carta apostólica “San Juan de Ávila, sacerdote diocesano, proclamado Doctor de la Iglesia universal” escribió: “En sus enseñanzas el Maestro Juan de Ávila aludía constantemente al bautismo y a la redención para impulsar a la santidad, y explicaba que la vida espiritual cristiana, que es participación en la vida trinitaria, parte de la fe en Dios Amor, se basa en la bondad y misericordia divina expresada en los méritos de Cristo y está toda ella movida por el Espíritu; es decir, por el amor a Dios y a los hermanos. "Ensanche vuestra merced su pequeño corazón en aquella inmensidad de amor con que el Padre nos dio a su Hijo, y con Él nos dio a sí mismo, y al Espíritu Santo y todas las cosas" (Carta 160), escribe. Y también: "Vuestros prójimos son cosa que a Jesucristo toca" (ib. 62), por esto, "la prueba del perfecto amor de nuestro Señor es el perfecto amor del prójimo" (ib. 103). Manifiesta también gran aprecio a las cosas creadas, ordenándolas en la perspectiva del amor” (nº 5).      

      Continuaba: “Al ser templos de la Trinidad, alienta en nosotros la misma vida de Dios y el corazón se va unificando, como proceso de unión con Dios y con los hermanos. El camino del corazón es camino de sencillez, de bondad, de amor, de actitud filial. Esta vida según el Espíritu es marcadamente eclesial, en el sentido de expresar el desposorio de Cristo con su Iglesia, (…).

     Y es también mariana: la configuración con Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo, es un proceso de virtudes y dones que mira a María como modelo y como madre. La dimensión misionera de la espiritualidad, como derivación de la dimensión eclesial y mariana, es evidente en los escritos del Maestro Ávila, que invita al celo apostólico a partir de la contemplación y de una mayor entrega a la santidad” (nº 5).      

       Sobre los sacerdotes, Benedicto XVI añadía: “La afirmación central del Maestro Ávila es que los sacerdotes, "en la misa nos ponemos en el altar en persona de Cristo a hacer el oficio del mismo Redentor" (Carta 157), y que actuar in persona Christi supone encarnar, con humildad, el amor paterno y materno de Dios. Todo ello requiere unas condiciones de vida, como son frecuentar la Palabra y la Eucaristía, tener espíritu de pobreza, ir al púlpito "templado", es decir, habiéndose preparado con el estudio y con la oración, y amar a la Iglesia, porque es esposa de Jesucristo” (nº 6).      

       San Juan de Ávila cita a san Bonifacio, según el cual, “en otro tiempo sacerdotes de oro usaban cálices de madera; ahora hay cálices de oro en manos de sacerdotes de madera”.      

        El Maestro Ávila subraya las virtudes que se esperan de los sacerdotes: “El sacerdote en el altar representa, en la misa, a Jesucristo nuestro Señor, principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio; y es mucha razón que quien le imita en el oficio lo imite en los gemidos, oración y lágrimas, que en la misa que celebró el Viernes Santo en la cruz, en el monte Calvario, derramó por los pecados del mundo” (Tratado sobre el sacerdocio, 10).      

         La comunicación del Señor con el sacerdote es “trato de amigos” (Tratado sobre el sacerdocio, 9). El sacerdote es “persona que tiene con el Señor particular amistad y particular trato” (ibid.).      

         El Santo recuerda que el sacerdote tiene por oficio “pedir limosna para los pobres, salud para los enfermos, rescate para los encarcelados, perdón para culpados, vida para muertos, conservación de ella para los vivos, conversión para los infieles, y, en fin, que, mediante su oración y sacrificio, se aplique a los hombres el mucho bien que el Señor en la cruz les ganó” (Tratado sobre el sacerdocio, 11). 

         Recomienda: “que el sacerdote, que en el consagrar y en los vestidos sacerdotales representa al Señor en su pasión y en su muerte, que le represente también en la mansedumbre con que padeció, en la obediencia, aun hasta la muerte en cruz; en la limpieza de la castidad, en la profundidad de la humildad, en el fuego de la caridad, que haga al sacerdote rogar por todos con entrañables gemidos y ofrecerse a sí mismo a pasión y muerte por el remedio de ellos, si el Señor le quisiere aceptar” (Tratado sobre el sacerdocio, 26).      

      Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca

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