El nuevo tiempo de Pascua (10-4-2016)

EL NUEVO TIEMPO DE PASCUA            

   Queridos hermanos en el Señor:      

   Os deseo gracia y paz.        

   El tiempo de Pascua nos permite sentir, pensar y vivir desde otras claves, con una esperanza renovada, con creciente impulso para seguir creyendo y amando.

   Tal vez nos preguntemos: ¿en qué se nota el triunfo de Cristo sobre la muerte? Es cierto que, a nuestro alrededor, vemos demasiados signos de muerte: violencia terrorista indiscriminada, persecución de cristianos en muchos países, desequilibrios económicos que producen hambre y escasez, desastres naturales cuyos efectos padecen los más pobres.  

    Algunos se han preguntado si es posible seguir creyendo después de las grandes tragedias vividas en el siglo XX: genocidios, guerras, regímenes dictatoriales, injusticias atroces, muerte de inocentes, etc. ¿Acaso ha mejorado la humanidad en los últimos siglos? ¿Hemos de sufrir irremediablemente el zarpazo de la destrucción y de la muerte?  La resurrección de Jesucristo no es un mensaje adormecedor, ni una noticia edulcorante que disfrace el mal sabor de las experiencias cotidianas. Se trata de un triunfo definitivo y pleno, cuyo efecto se puede palpar en el estilo alternativo de vida que muchas personas han vivido, viven y vivirán. Son personas con un espíritu diferente, constructores de una civilización del amor. Mejor diríamos que son personas habitadas por un Espíritu diferente, el Espíritu de Cristo Resucitado.  Personas que viven desde el agradecimiento para la gratuidad. Saben que todo lo han recibido y, puesto que nada se debe desperdiciar, entregan gratuitamente lo que generosamente han recibido. Llenan de contenido cada instante de sus vidas. Son un testimonio elocuente y palpable de que es posible seguir creyendo, continuar esperando y vivir amando por Cristo, con Él y en Él.      

     Las semillas del Evangelio están esparcidas por doquier. El amor sigue venciendo al odio; la humildad de espíritu derrota a la soberbia, a la vanagloria y al orgullo; sigue habiendo personas con rasgos de mansedumbre evangélica; junto a los que lloran es posible ver a quienes enjugan sus lágrimas con una presencia que acompaña; el hambre y la sed de justicia se perciben en muchas iniciativas generosas; la misericordia se desborda frente a las entrañas indiferentes; la transparencia de corazón continúa construyendo desde dentro nuevas personalidades; hay quienes no se cansan de ser agentes de paz; sigue habiendo perseguidos por causa de la justicia; a muchas personas las persiguen, las insultan y las calumnian de cualquier modo por causa de Jesucristo y viven con serenidad. Las bienaventuranzas florecen incansables en un paisaje frecuentemente desértico.      

     Y es que Jesucristo sigue vivo y dando vida. Él es el Viviente, que continuamente atrae hacia sí a toda la humanidad y nos envía, desde el Padre y con el Padre, al Espíritu Santo, Señor y dador de vida.      

    Negar la presencia activa de Cristo en medio de nosotros significaría negar su acción vivificante, su cercanía alentadora, su impulso renovador. Él nos dice: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). No es una promesa para el futuro. El verbo “estoy”, en presente de indicativo, señala una realidad, no un sueño, ni una utopía.  Pascua es el regalo que se nos ofrece para vivir, aquí y ahora, de un nuevo modo, caminando tras las huellas del Resucitado, hasta llegar a la plenitud de la vida.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca

      Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

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