Comentario evangélico. Domingo 28 C Ordinario.

 

Domingo XXVIII del tiempo ordinario, ciclo C.  Lucas 17,11-19.  13 de octubre de 2013.

¿Recuerdas la última vez que le dijiste a Dios: ¡gracias!?

       Jesús se encuentra de camino y está a punto de entrar en un pueblo samaritano.  Y es aquí, en la afueras del pueblo cuando un grupo de leprosos desde lejos le grita.  Ser leproso en Israel era mucho más que tener una grave enfermedad de la piel. Suponía una exclusión total de la vida en sociedad (no podían vivir en el interior de los pueblos, sino en las afueras) y sobre todo una exclusión de la comunidad religiosa (no podían participar del culto sinagogal). De esta manera la lepra era una gran desgracia.  Sin embargo, estos diez leprosos, en medio de una dificultad tan grande, no perdieron la esperanza de que alguien pudiera aliviar o curar su enfermedad. Creyeron que solo Jesús podía hacerlo. Creyeron, con gran acierto, que únicamente Jesús no les rechazaría.  No se acercaron a Él para no incumplir la ley que se lo prohibía (Lv 13), por eso le gritan.  No es un grito de enfado. Es un grito que reclama que Dios ponga los ojos en la propia vida, en las propias circunstancias.

       Habiendo escuchado su súplica Jesús les manda a presentarse a los sacerdotes. Así lo mandaba la Ley de Moisés, solamente los sacerdotes judíos podían certificar la curación de la lepra y solamente así se les permitía reincorporarse a la vida de la comunidad (Lv 14).  Jesús es respetuoso con la Ley.  Pero no debemos olvidar que el milagro de la curación de estos hombres no lo ha producido la Ley sino el poder de Dios. 

       Los leprosos fueron obedientes a Jesús. Mientras iban de camino resultaron curados y limpios de la lepra. ¡Curados totalmente! Quizás nunca se lo hubieran imaginado. Quizás solo esperaban una sanación temporal o parcial.  Pero Jesús les ha cambiado la vida.  Su curación significaba una nueva oportunidad ante la vida.  Por eso la ingratitud de los nueve leprosos que no volvieron es, si cabe, más desalentadora.  Al principio nos habían parecido piadosos y sinceros, ahora, con su actitud, parecen unos desagradecidos.  Pero, sin duda, el protagonista de este relato no son los nueve, sino el único leproso que volvió. El evangelista tiene mucho cuidado en caracterizarlo debidamente: dice de él que era samaritano, del resto no sabemos su procedencia.  Y viéndose curado regresó hasta Jesús. Y no de cualquier manera sino alabando a Dios a grandes gritos y postrándose ante los pies de Jesús, como signo de agradecimiento.

       No malgastemos nuestro tiempo pensando en la ingratitud de los nueve leprosos que no volvieron.  Fijémonos en el que sí volvió.  Recibió un regalo de Dios inmenso: la curación de su enfermedad.  Pero aquí no acabaron los regalos de Dios para él: al final de la escena, y después de postrarse ante Jesús recibe un regalo mucho mayor: la salvación de su alma por su fe, su gran fe.

¡Gracias Señor, infinitas gracias por el gran regalo de la fe y por todos los cuidados y dones que nos concedes cada día!

 

Rubén Ruiz Silleras.

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