C omentario al evangelio. Domingo 15º Ordinario, ciclo A

    En toda parábola hay que distinguir tres etapas:
         a) La parábola tal y como fue dicha por Jesús.
         b) La parábola predicada en la tradición oral y
         c) La parábola escrita por el Evangelista. En esta parábola del sembrador, la parábola original de Jesús sería (13,3-9), sin más explicaciones. Lo característico de la parábola de Jesús parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de una cosecha sobreabundante.

1.- «Salió el sembrador a sembrar».

     Y salió con su juventud, su entusiasmo, su canción por el monte, y su zurrón lleno de buena semilla.  El sembrador es Jesús como Maestro. De hecho, por dos veces, se dice que Jesús se sentó. Y cuando Jesús se sienta es que quiere enseñar. Jesús es un Maestro, pero no un Maestro de matemáticas o geografía. Jesús es un Maestro de vida. Con Jesús se aprende a vivir. Sus parábolas son una llamada a entender la vida y vivirla tal como la entendía y vivía él. Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas. El Papa Francisco nos manda “salir”. Pero no podemos salir de cualquier manera. Se trata de salir “con el zurrón cargado de buena semilla”. Se trata de ir al mundo con la alegría de Jesús, con el entusiasmo de Jesús, con la seguridad de Jesús de llevar una buena semilla capaz de cambiar el mundo.

2.– En la parábola original de Jesús se habla del derroche.

      La parábola original habla, antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche… Podemos adivinar, entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: «Dios es así». ¡Tantas veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo «de los nuestros», reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o incluso crueles. El «Exceso» o «Derroche» significa todo lo que Él está dispuesto a darnos si nos abrimos a Él. En tanto en cuando nos abramos a la verdad de quienes somos, más allá de las «etiquetas» y «sueños» de nuestra mente, percibiremos la sobreabundancia del Misterio («tendremos de sobra»). Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra existencia. Es importante descubrir que el sembrador “lo sembró todo”. También los caminos, también las zarzas, también las rocas. A veces, en medio de una roca, aparece un arbusto. Por alguna hendidura misteriosa se ha abierto camino una semilla y ha dado como fruto una hermosa planta, más bella por la rareza del lugar. Jesús nos invita a no cansarnos nunca de sembrar y no dar nada por perdido. Ese alumno que nunca escucha y que parece que no le interesa nada de la clase, puede reaccionar. Ese hijo que se ha ido de casa, no lo des por perdido. Un día puede volver.

3.– Y, al final, habrá una gran cosecha.

       El segundo rasgo que acentúa la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha normal daba el siete por uno, era sorprendente hablar de un rendimiento del treinta, sesenta o cien. Equivalía a desbordar la previsión más optimista. Una «exageración» conscientemente provocativa. Dios nos manda sembrar y no cansarnos de sembrar. Otro vendrá y recogerá lo que nosotros hemos sembrado. Los frutos los da Dios. Por eso son tan sobreabundantes. Jesús sembró y se sembró en la tierra. La cosecha era asunto del Padre. Y la cosecha fue sobreabundante.  

 

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