¿Me permites un momento? (16-2-2014)

¿ME PERMITES UN MOMENTO?           

  Querido joven:      

  Te deseo gracia y paz.

 Perdona mi atrevimiento. No nos conocemos personalmente y es posible que no tengas acceso habitual a esta publicación semanal. Tal vez no frecuentas mucho la iglesia. Pero creo que así como siempre hay “almas generosas” que nos comunican malas noticias o novedades que no querríamos conocer, a lo mejor este escrito llega a tus manos a través de alguien, genuinamente generoso, que te ve sufrir con inquietud, interrogarte con intranquilidad y desesperarte con facilidad, y desearía comunicarte una buena noticia destinada a ti, precisamente a ti, desde hace mucho, mucho tiempo; desde más allá del tiempo, desde la eternidad.  Has cambiado, estás cambiando y cambiarás en los próximos años, tal vez meses. Te mueves en medio de incertidumbres y preguntas.       Te llegan noticias sobre la Iglesia y te sientes confuso. Oyes hablar del Papa Francisco, escuchas algunas de sus palabras, ves reproducidos sus gestos a través de los medios de comunicación social. Es una persona que se ha introducido en los hogares y ha llegado casi a convertirse en un miembro más de la familia. No pretende vendernos ningún producto milagroso. Viéndole y escuchándole, uno tiene la sensación de que es un hombre íntegro, transparente, cordial.      

     También hay otras informaciones que te suscitan dudas, sobre todo en tantos momentos en que la Iglesia es noticia solamente cuando es mala noticia, cuando se divulgan los defectos de sus miembros. O cuando el profesor hace comentarios irónicos y despectivos sobre la postura de los cristianos ante tal o cual aspecto.      

    Por otra parte, de vez en cuando se estremecen tus entrañas al ver imágenes de niños hambrientos y enfermos, de pueblos lejanos que no disponen de agua potable y cuya esperanza de vida es reducida. Sabes que, en lejanas poblaciones, a quienes alcanzan los cuarenta años se les llama ancianos. Y junto a ellos, compartiendo sus vidas, y desviviéndose por los demás, hay misioneros que se sienten felices. Si ellos lo son, ¿por qué tú no eres feliz, si tienes mucho más?        

    Y ¿qué queda de todo eso? Confusión, inseguridad, o un sencillo pasar y pasar, como se suceden las olas en el mar. Un deslizarse por la superficie de las cosas, sin profundizar.      

    Te miras un poco por dentro y no te sientes feliz. La soledad y la tristeza te rodean. Tienes muchos contactos, mantienes muchas conversaciones, pero no tienes auténticos amigos. Un grupo de colegas con los que compartir unas horas no aseguran una amistad fiable. Has experimentado la traición de aquellos a quienes considerabas incondicionales.      

   Te llegas a preguntar: ¿merece la pena vivir? La respuesta es clara: vivir “así” no es vivir, es sencillamente sobrevivir. Pero hay otro modo de vivir, una forma distinta de ver las cosas, de apreciar el pasado, de construir el presente y de proyectar el futuro.      

    Deseo sencillamente darte un nombre: Jesucristo. Para hacerte partícipe de una experiencia. Para que sientas junto a ti una presencia que te acompaña. Para que puedas conocerle y conocerle. Para que le sientas a tu lado. Para que puedas hablarle y escucharle. Para que Él sea el amigo que siempre estuviste buscando y que nunca llegaste a encontrar.      

    Él te espera. Él conoce tu nombre. Él sabe que sufres, pero que anhelas vivir de una manera diferente. Él te ayudará siempre, te escuchará incondicionalmente y te guiará con amor, como una luz creciente, hasta que llegue el amanecer de un nuevo día más diáfano.             

    Recibe mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca.

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