Comentario evangélico. Domingo de Ramos, ciclo A.

Domingo de Ramos en la pasión del Señor, ciclo A. 13 de abril de 2014. Mateo 26,14-27,66

La hora definitiva de toda vida.


      Hoy es domingo de Ramos. En la procesión escucharemos el evangelio que nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén y cómo la gente le recibió aclamándole con gritos de: “viva el hijo de David”. Pero en la liturgia de la Palabra escucharemos el relato de la Pasión, las últimas horas de la vida de Jesús. 
      No son unas horas fáciles para Jesús. Todo lo contrario. Al escuchar este relato a uno se le encoge el corazón, porque lo que Jesús sufre en estas horas es una lista de pruebas sin igual: traiciones de los suyos, incomprensiones, burlas, humillaciones, mentiras, golpes, indiferencia, insultos,… Sí, la pregunta más rápida que nos puede surgir es ¿por qué Jesús tuvo que pasar por este suplicio? Él que solo vivió para hacer el bien y ayudar a los demás solo encontró en el final de su vida males multiplicados y sufrimientos. No podemos responder la pregunta apenas formulada. No sabemos. Dios sabe. Pero lo que no debemos olvidar es que el mismo Jesús aceptó, en Getsemaní, el cáliz de la prueba.
       Podríamos fijarnos en este texto en mil detalles. Podríamos reflexionar sobre la maldad de algunos personajes del relato e intentar explicar su comportamiento… Pero ¿por qué no fijarnos en el bien y no en el mal? Ya conocemos la naturaleza humana, contemplemos, por tanto, a Jesús para aprender de Él, para sacar de estas horas oscuras de su vida alguna enseñanza que pueda iluminar nuestras vidas.
       La grandeza de un hombre y una mujer se demuestra también en la hora de la muerte. Sí, esa hora decisiva de toda existencia humana.  Cuando Jesús ya estaba crucificado en la cruz se burlaban de Él con estas palabras: “¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios que lo libre ahora. ¿No decía que era hijo de Dios?”.            

      Contrariamente a lo que estos hombres pensaban, Jesús ha muerto demostrando una confianza absoluta en Dios. Ha muerto demostrando un corazón inmenso que se fía de los planes de Dios su padre.  ¿Confianza en Dios? Pero si las últimas palabras de Jesús en la cruz parecen un reproche a Dios: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” Solo lo parecen. Un buen judío sabía lo que Jesús estaba haciendo. Estaba rezando (de forma angustiosa sí, pero rezando), en el último momento de su existencia terrena. Esas palabras son el inicio del salmo 22, oración del justo que sufre pero expresa su esperanza en Dios. Si Jesús hubiera podido recitar entero el salmo quizás habríamos escuchado de sus labios: “Pero Tú, Yahvé, no te alejes, corre en mi ayuda, fuerza mía… contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré: los que estáis por Yahvé alabadlo,…(Sal 22, 20-24)”.
Ojalá que aprendamos del ejemplo de Jesús. A fiarnos siempre de Dios, cuya ayuda nunca nos faltará.  A no dudar de Él en la hora del sufrimiento.  A morir, en la hora definitiva de nuestra existencia, amando y confiando.

Rubén Ruiz Silleras.

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