Comentario evangélico. Navidad, ciclo A

Mi Dios reina, yo gozo


    “Mi Dios reina” es lo que dice el mensajero del libro de Isaías. Ese mensajero de pies ‘hermosos’ que pregona paz, justicia y buena noticia; ese mensajero cuya voz resuena en la primera lectura de la ‘Misa del día’ de la Natividad del Señor. Porque ustedes sabrán que, además de la de la vigilia, hay tres misas para celebrar este día: la de medianoche o ‘de gallo’; la de la aurora o ‘de pastores’; y la del día o ‘de la luz’. En la de la medianoche, cantamos con los ángeles. En la de la aurora, corremos como los pastores. En la del día, nos quedamos pasmados ante el que es ‘Luz de Luz’, y ante él y el misterio de la Virgen-Madre, nos arrodillamos.
      Mi Dios reina. Su trono no es de oro. Mi Dios humanado hasta las últimas
consecuencias reina sobre pesebre y sobre cruz. Su reinado perpetuo solo se entiende desde estos dos escabeles. Desde el primero no dice nada. Desde el segundo, “Padre, perdónales…”.Qué difícil de encajar este brillar de la Luz y este decir del Verbo, por eso “el mundo no lo conoció” y ojalá esta razón pudiera servir de excusa para tantos que no le aman. Para mí, que tantas veces no le devuelvo tanto amor como me ha dado. “Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
      Sí, me pesa el desamor con el que tantas veces he tratado a Jesús, pero
el anuncio de hoy es mucho más grande que mi ingratitud: ¡me da poder de ser hijo de Dios! El reinar de Dios es un intercambio: él toma todo lo mío y me da todo lo suyo. Toma mi limitación vital y me da su vida eterna.
          No puedo decir ni hacer nada, sino mirarle y acunarle. Mi buen Jesús… En el día de la Natividad toda la piedad se vuelve insuficiente para expresar la alegría que trae este niño a la familia humana. Él es el heredero, ya no se pierde la hacienda, tan zarandeada por los intereses de unos y de otros. Él viene para recordarme, en la gracia y la verdad, que este mundo es de Dios y de sus hijos, que estamos en casa y que, en ella, podemos encontrar toda luz y todo calor. Solo hay que recibirlo.
          Miro a Jesús. Miro a María. Miro a José. Y les felicito, les pido y les pregunto cuál es el secreto de tanto quererse. María me señala a Jesús. José asiente. Jesús se confía a mi cariño, no tiene miedo de que lo coja en brazos. Vayamos corriendo al belén de nuestra casa y hagamos fiesta: ¡¡¡es Navidad!!! Y no olvidemos a los pobres, María quiere que les hagamos un sitio en la mesa y nos dice al oído: - Sí, haced sitio al hermano pobre…Jesús sonreirá.


        José Antonio Calvo

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