Comentario al evangelio. Domingo 29º Ordinario, ciclo C.

1.- “Ni temo a Dios ni me importan los hombres”. 

       Esta terrible frase del juez injusto la debemos entender en su verdadero sentido de mutua correlatividad. El prescindir de Dios me lleva a un desentenderme de las personas “creadas a su imagen y semejanza” El “no” de nuestros primeros padres a Dios trajo, como consecuencia, el “no” al hermano. Caín mató a Abel “su hermano”. Las palabras de Caín son muy elocuentes: ¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?  (Gn. 4,9). Frase que puede servir como lema de la insolidaridad. En el plan de Dios, los hermanos estamos para ayudarnos, cuidarnos, protegernos. Cuando esto se hace realidad, brota en nuestro corazón un grito de alegría: “Mirad que hermoso ver a los hermanos unidos” (Salmo 132,1). Todavía más bonito que ver un cielo tachonado de estrellas o una montaña cubierta de nieve, o unos lirios en primavera, es contemplar el maravilloso espectáculo de unos hermanos unidos. Tampoco podemos olvidar que una persona a quien no le importan los hombres, sus hermanos, no puede tener a Dios como Padre. Y entonces –pronto o tarde- viene el sinsentido de la vida, la tristeza, la amargura y la desesperación.


2.- “Esa viuda me está fastidiando”. 

      Las viudas de entonces, totalmente desprotegidas, eran símbolo de la marginación. Entonces, como ahora, los pobres nos molestan, nos fastidian. Esos niños famélicos que aparecen en nuestras pantallas de T.V. nos amargan la comida; esos inmigrantes que vienen a llamar a nuestras puertas pidiendo un trabajo para poder comer, vestir y llevar una vida digna, nos molestan porque nos merman nuestros derechos adquiridos. Pero ¿hemos pensado en lo que deben molestar a esos pobres la vida de los ricos a quienes les sobra de todo?   El pobre Lázaro de nuestros días llama a las puertas del rico Epulón y éste no le da ni las migajas de su mesa. ¿Quiénes son los que tienen derecho a sentirse molestos, los ricos o los pobres?


3.- Dios, ¿no hará justicia a los afligidos? 

      Una de tantas razones del ateísmo contemporáneo es el silencio de Dios ante el sufrimiento de las personas. El evangelio de hoy nos dice que hay que “orar sin desfallecer”. Esto sería muy difícil de entender si no tuviéramos el maravilloso ejemplo de Jesús en la Cruz, acogiendo y haciendo suyo todo el sufrimiento humano para transformarlo en gozo definitivo. Es verdad, por un momento Dios guardó silencio. Aunque los judíos pedían que bajara de la Cruz y así creerían, el Padre no intervino y dejó correr el curso de los acontecimientos.  Pero después habló, gritó, resucitando a Jesús y diciendo al mundo que Dios Padre no estaba de acuerdo con la muerte de su Hijo ni con ninguna muerte. No estaba de acuerdo con el sufrimiento humano. Si hubiera estado de acuerdo lo hubiera dejado a su Hijo en el sepulcro. Lo levantó, lo despertó, lo resucitó para no morir jamás. Al final, Dios hizo justicia, pero “a su manera”. Y la justicia en Dios es “amor misericordioso”. Nos quiere Dios Padre demasiado como para dejar las cosas tan mal. ¡Eso sí! Quiere que recemos para cambiar este mundo, para hacerlo más humano, más habitable, más solidario. 

Iglesia en Aragón

 

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