Alzamos los ramos en honor de Cristo victorioso. (13-4-2014)

 

ALZAMOS LOS RAMOS EN HONOR DECRISTO VICTORIOSO

     Queridos hermanos en el Señor:

     Os deseo gracia y paz. El Domingo de Ramos la liturgia nos invita a recordar con fe y devoción la entrada triunfal de Jesucristo en la ciudad santa de modo que, acompañándole con nuestros cantos y participando de su cruz, merezcamos un día tener parte en su resurrección. Antes de rociar con agua bendita los ramos, el sacerdote puede elegir entre dos oraciones, una de las cuales dice: “Acrecienta, Señor, la fe de los que en ti esperan y escucha las plegarias de los que a ti acuden, para que quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él dando fruto abundante de buenas obras”. Presentamos al Señor tres peticiones, las dos primeras son explícitas, la tercera se expresa como una consecuencia.

    Primera petición: “Acrecienta, Señor, la fe de los que en ti esperan”. Solamente el Señor puede hacer crecer nuestra fe, solamente Él puede hacerla más vigorosa, más firme, más fuerte y estable. Reconocemos que nuestra fe es frágil, necesitada de vigor y crecimiento. La fe como adhesión y como aceptación del contenido de la salvación. La fe como confianza y como acogida y vivencia de un proyecto de vida. Nuestra carta de presentación es humilde: somos los que esperan en el Señor. En Él tenemos puesta nuestra esperanza. Nuestra vida está anclada en Él. Hacia Él dirigimos nuestra mirada y nuestros pasos y de Él lo esperamos todo, como reconoce el libro de las Lamentaciones: “es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3,26), que también afirma: “hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!” (Lam 3,21-23).

     Segunda petición: “escucha las plegarias de los que a ti acuden”. El Señor nos invita constantemente a escuchar su voz. “Escucha, Israel” (Dt 6,4) son las palabras iniciales de la oración más repetida por el pueblo de la Antigua Alianza. Pero también nosotros suplicamos que el Señor nos escuche, que atienda nuestras plegarias cuando acudimos a Él con fe renovada e incrementada. En un camino de regreso, de conversión, volvemos al Señor por el sendero de la obediencia, conscientes de que nos separamos de Él por la desidia de la desobediencia. Le pedimos que acoja, que reciba nuestra oración.

      Tercera petición: que “permanezcamos en Cristo dando fruto de buenas obras”. Los que esperamos en el Señor, los que acudimos a Él, llevamos en nuestras manos los ramos en honor de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, y suplicamos permanecer en Él a través del fruto de las buenas obras. Pedimos tener con Él un vínculo estable, no transitorio, permanente, no episódico. Y el permanecer en Él, como los sarmientos unidos a la vid, nos asegura la genuina fecundidad. San Pablo escribe: “el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gal 3, 22). “Como la muchedumbre que aclamaba a Jesús, acompañemos también nosotros con júbilo al Señor”.

      Con estas palabras, y después de haber proclamado el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén, comenzamos la procesión del Domingo de Ramos. El caminar juntos expresa y manifiesta nuestra condición de pueblo peregrino que ora al Padre para que las enseñanzas de la pasión de Jesucristo “nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección”.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca.

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