La transmisión de la fe (21-9-2014)

LA TRANSMISIÓN DE LA FE

      Queridos hermanos en el Señor:  Os deseo gracia y paz.

       San Pablo escribe a su colaborador Timoteo: “Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti” (2 Tim 1,5). En este caso, la fe sincera es un patrimonio familiar transmitido a través del testimonio. La abuela y la madre de Timoteo son para él modelos de una fe auténtica.  A lo largo de la historia se han reproducido multitud de casos en los que se ha podido apreciar la gracia que significa nacer en una familia creyente. Muchas personas han vivido y crecido en un contexto familiar, social y cultural en el que la fe era un dato asumido serenamente y experimentado pacíficamente.  En la actualidad, con demasiada frecuencia, el eslabón de la transmisión de la fe se ha roto y no se produce el despertar religioso en el seno de las familias. En los hogares no suele haber referencias religiosas, ni oraciones en común, ni se comparten experiencias surgidas de la vida cristiana.  El testimonio de fe se ve sometido a muchas tensiones, rechazos e incomprensiones. También abunda la indiferencia y es frecuente la ignorancia que no valora  lo que no conoce.      

        El proyecto de Dios en la historia no está concluido. Él, que siempre es el agente principal, cuenta con nuestra colaboración y deja espacio para nuestra iniciativa. No nos entrega un mundo acabado, sino en proceso, y quiere que realicemos, junto con Él, un camino.   

        Sabemos que estamos en marcha sobre un sendero difícil. En nuestro itinerario necesitamos pedir constantemente fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Una fe vigorosa, una esperanza activa y un amor incondicional son los tres fundamentos de un testimonio creíble.  Las dificultades contra la fe no son características propias de nuestro tiempo. Los personajes creyentes de la Sagrada Escritura y los santos de la Iglesia han experimentado el combate de la fe. Cuando contemplamos el testimonio de los profetas, admiramos su fe viva, auténtica, despierta, vigilante, siempre acompañada por las obras, una fe que es principio de vida renovada y es constantemente fecunda, aunque los resultados no sean llamativos ni palpables.    

        La lejanía de Dios de tantas personas nunca deja indiferente a quien ha recibido el don de la fe. El testimonio, el diálogo, el encuentro de amistad, la búsqueda conjunta de valores, el compromiso social, el respeto recíproco, la oración y otras muchas iniciativas son importantes. Pero nunca debe faltar el sincero deseo, de verdad y de caridad, de que el corazón humano se abra a Dios y sea conducido al umbral de la fe.   

       La encíclica “Lumen fidei” subraya que la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. La fe tiene una configuración necesariamente comunitaria, eclesial. Por ello, la vida creyente se convierte en una existencia eclesial (cf. LF 22).  El Papa Francisco nos dice: “Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG 259).

      Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y de Huesca.

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