Jornada Mundial de Oración para la Santificación del Clero (10-6-2012).

JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN PARA LA SANTIFICACIÓN DEL CLERO


      Queridos hermanos en el Señor:
 Os deseo gracia y paz.

 El 15 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, celebramos la “Jornada Mundial de Oración para la Santificación del Clero”. San Pablo escribe a los cristianos de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4,3). En el himno al designio salvífico de Dios de la carta a los Efesios leemos: “Él nos eligió en Cristo antes de las fundación del mundo para que fuésemos santos” (Ef 1,4).
      Sólo Dios es Santo. La liturgia canta en el Gloria: “porque sólo Tú eres santo, sólo Tú Señor”. En el relato de la vocación de Isaías se proclama: “¡Santo, santo, santo es el Señor del universo!” (Is 6,3). El profeta Oseas reproduce esta palabra del Señor: “porque yo soy Dios y no hombre; santo en medio de vosotros” (Os 11,9).
      Pero ya en el Levítico se nos dice: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,2). Y añade: “Yo soy el Señor, el que os santifica” (Lev 20,8). La santidad de Dios es el origen, la causa, el manantial, el cauce, el destino y la meta de nuestra santidad.
      San Pablo escribe la Primera Carta a los Corintios “a los santificados por Jesucristo, llamados santos” (1 Cor 1,2). Estamos llamados a ser santos por vocación. Estamos llamados a la santificación: “lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,15-16).
      Escribe San Pablo: “Fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6,11). Cristo Jesús “se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30).
      El Concilio Vaticano II nos recuerda: “todos en la Iglesia (…) están llamados a la santidad” (LG 39). Y añade: “Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron” (LG 40).
      La santidad que Cristo nos comunica no es algo abstracto, es el Espíritu Santo “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). El Espíritu Santo, Señor y dador de vida, es Santo y santificador.
      Ch. Péguy decía que "la única desgracia irreparable en la vida es la de no ser santos".
      A la luz del comentario del Magnificat que hace Benedicto XVI en su Encíclica Deus caritas est (nº 41), podemos decir que el sacerdote, en el ejercicio de su ministerio, como María, “expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí mismo en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo”; el sacerdote es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí mismo; el sacerdote es humilde: no quiere ser sino amigo y testigo del Señor; el sacerdote es un hombre de esperanza; el sacerdote es un hombre de fe; el sacerdote es un hombre que ama. El retrato del alma del sacerdote debe estar tejido por los hilos tomados de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios ha de ser su casa por la que él sale y entra con naturalidad. Así sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios y su querer es el querer de Dios.
      Oremos, con agradecimiento e intensidad, por la santificación de los sacerdotes.
     
      Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell. obispo de Jaca y de Huesca.

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