Comentario evangélico. Domingo 17 C Ordinario.

Domingo XVII  del tiempo ordinario, 28 de julio de 2013. Ciclo C, Lucas 11,1-13.

¡PADRE!

           El último evangelio de este mes de julio nos plantea directa e insistentemente el tema de la oración.  El punto de partida es la oración de Jesús. Él está rezando, como hacía con frecuencia, y este “estar en oración” del Señor es lo que despierta en sus discípulos las ganas de vivir también ellos esa experiencia.  Y le piden a Jesús que les enseñe a rezar. 

           A partir de aquí el texto tiene dos claves: la palabra “Padre” y el sustantivo “importunidad”. Vamos por partes, en primer lugar la palabra Padre que es la primera palabra de la oración del Padre nuestro.  Es necesario decir que este texto del Padre nuestro difiere un poco del texto paralelo que encontramos en Mt 6,9-13. El texto lucano es más breve y posiblemente, según la opinión de los expertos, representaría con mayor fidelidad las palabras de Jesús. Pero lo teológicamente importante es que la oración que Jesús les enseña (en ambos evangelios) empieza por la palabra Padre. Y es esta palabra la que expresa una absoluta cercanía de Dios hacia el hombre.  Que un hombre pueda llamar a Dios Padre es algo que era impensable en la mentalidad judía. Es algo que Juan Bautista nunca habría enseñado a sus discípulos, pues su concepción de Dios era distinta. Todas las peticiones del Padre nuestro no se entienden sin esta palabra principal. Al Padre nos dirigimos pidiéndole el pan, pidiéndole que perdone nuestros pecados, que nos guarde de caer en tentación…  Para abundar en esta idea de Dios como un Padre cercano, Jesús relata la última comparación de este evangelio.  Dios es como ese padre que solo puede dar a sus hijos las cosas que le piden y éstas solo pueden ser buenas. Porque un Padre quiere a un hijo. En la oración podemos sentir  una cercanía familiar con Dios, es nuestro Padre, no hay nada que temer.

            La siguiente clave es la palabra “importunidad”. Traduce correctamente el término griego anaideia, que significa: molestar a alguien con una solicitud. El sentido sería orar sin desfallecer, sin cansarse, hasta el extremo de “importunar” a Dios.  Sí, claro que Dios no se molesta con nuestra oración.  Lo que quiere transmitir Jesús es que nunca hay que abandonar la oración. Los tres imperativos que utiliza (pedid, buscad y llamad) nos transmiten la idea del constante diálogo de los hijos con su Padre en la oración.  La parábola del amigo inoportuno explica a la perfección esta realidad. 

               Una última observación. El hombre debe rezar sin desfallecer no porque crea que así va a conseguir de Dios automáticamente lo que necesita. El premio de la oración, dice Jesús, es que Dios concederá el don de su Espíritu Santo. Dios sabe, mejor que nosotros, lo que nos conviene. El cristiano reza sencillamente porque ama a Dios, que es su Padre. Y lo hace con frecuencia, todos los días, porque uno a su padre y a su madre los ama todos los días.   Que no olvidemos esta invitación en estos meses de descanso.  ¡Feliz verano a todos!

Rubén Ruiz Silleras.

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