Comentario evangélico. Domingo 31 A Ordinario.

EL AUTÉNTICO MAESTRO


      Contemplamos de nuevo a Jesús en el Templo de Jerusalén. Su crítica hacia sus interlocutores, pone de manifiesto una actitud de incongruencia a la hora de vivir conforme a la fe que han recibido. Es llamativa la dureza con la que se dirige a aquellos hombres y la determinación con que les denuncia. De algún modo recuerda a la contundencia de Jesús a la hora de echar a los mercaderes del Templo. En el fondo, el Señor no soporta la incoherencia de aquellos que dicen y no hacen.
      Su propuesta es radicalmente distinta: cuando Jesús enseña algo es porque primero lo hace. De ahí vendrá la autoridad que tantas veces alabarán las personas que le escuchan y le ven actuar a lo largo de su vida pública (Mt 7,29). Basta recordar el inicio del Sermón de la Montaña cuando Jesús propone las Bienaventuranzas: nos habla de los perseguidos, de los que pasan hambre y sed de la justicia, de los pobres, de los que luchan por la paz… en definitiva, nos habla de Él mismo. El es el perseguido, el hambriento y el sediento, el misericordioso, etc. Todos los que le conocen lo saben y pueden dar testimonio de ello. En definitiva, en su caso, lo que da credibilidad a su mensaje, es su vida. Por eso recibe con plena justicia el título de Maestro, aunque él se distancia sin embargo de lo que ocurría en su tiempo entre el maestro y los discípulos. Éstos se pagaban, por así decirlo, el aprendizaje sirviendo al maestro, haciendo por él pequeños encargos y prestándole los servicios que un joven puede hacer a un anciano, entre los que estaba lavarle los pies. Con Jesús sucede al revés: es él quien sirve a los discípulos y les lava los pies. Jesús no es verdaderamente de la categoría de los maestros que “dicen y no hacen”. Él no dijo a sus discípulos que hicieran nada que no hubiera hecho él mismo primero. Por ello Jesús puede decir con toda verdad: “Aprended de mí”.
       Es lo contrario a los maestros amonestados en el evangelio, quienes “atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas”. Aquellos hombres hacían gala de sus filacterias, que  son como unas pequeñas cajitas de piel que se atan con correas en la muñeca o en la frente y que contienen, escritos en pergaminos, algunos textos bíblicos con el fin de tenerlos presentes. Presumían de los flecos del manto que se ponían para recordar el cumplimiento de los mandamientos… se aferran, en definitiva, a cuestiones formales pero no son capaces de encontrarse con el Dios verdadero que se les está revelando. Actuando así, sus propuestas les denuncian a ellos mismos.
El Señor hace honor a su título: Maestro. Nosotros, que somos seguidores suyos,  también podemos responder al título de discípulos. Lo importante es que seamos conscientes de lo que el mismo significa y a lo que nos compromete. Se trata de vivir al estilo de Jesús, construyendo el Reino de Dios desde el compromiso y la entrega y, como Él, comprometiéndonos con los más pobres. Lo ideal sería que también a nosotros, al vernos actuar u oírnos hablar, nos pudiesen decir lo que aquella criada dijo a Pedro la noche de la Pasión en el atrio del Sanedrín: “También tú eres uno de sus discípulos. Tu misma habla (mejor si pudiesen añadir: tu obrar) te descubre” (Mt 26,73).

+ Carlos Escribano Subías, obispo de Teruel y Albarracín.

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