Comentario evangélico. Domingo I Adviento B.

TE ESPERAMOS, SEÑOR
       EL evangelio de este primer domingo de Adviento es un excelente pórtico para este nuevo tiempo litúrgico: en él resuenan las palabras directas y claras de Jesús. El uso repetido de los verbos en imperativo nos da una idea de la importancia del mensaje que Jesús quiere transmitir a sus discípulos. La clave de este evangelio está en intentar desvelar el significado de estas palabras de Jesús: “vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”. Nos queda claro que hay que vigilar y estar alerta, pero ¿para qué? ¿qué sucederá en ese momento tan especial del que Jesús está hablando? Al Señor, que tanto le gustaba hablar en parábolas, va a utilizar una de ellas para explicar el sentido de la espera y la vigilancia. De una forma sencilla
Jesús habla de un hombre que se fue de viaje. Debía ser un hombre importante, pues tenía varios criados a su cargo. Este hombre le dejó a cada uno de ellos una tarea para realizar en su ausencia. Su partida no era definitiva, pues se anuncia su vuelta. Eso sí, sin saber cuándo ésta va a producirse. De tal forma que a todos los criados y al portero que tenía que vigilarlos, no les queda más remedio que cumplir con la tarea encomendada.
       Después de leer esta parábola de Jesús podemos entender mejor el significado
último de este evangelio. No, no esperamos un momento, ni un día, ni un año determinado. Esperamos a una persona: a Jesucristo, el Señor. Él es la clave de la Historia, y de nuestra historia. Es verdad que el Señor no nos ha dejado huérfanos, pues en este tiempo contamos
con la asistencia de su Espíritu. Y además, cada día nos podemos encontrar con Él en los sacramentos, en su Palabra, en los hermanos, en los acontecimientos... Pero esto no nos debe hacer olvidar que el mismo Señor nos ha prometido que regresará un día, para colmar de sentido nuestra existencia. Igualmente que a los hombres de esta parábola, el Señor también nos ha dado a cada uno de nosotros una tarea, que no debemos para nada descuidar. Por tanto, nuestra espera deberá ser siempre activa. Por otro lado conviene reseñar que las llamadas de Jesús a la vigilancia no tienen en ningún caso una finalidad intimidatoria. Quien nos ama solo puede desear para nosotros lo mejor.
       Es el tiempo del Adviento. Un tiempo entrañable que, de nuevo, Dios nos regala. Los cristianos somos custodios de una gran esperanza: Dios está con nosotros, está de nuestra parte. Por ello, por ser depositarios de esta Buena Noticia somos unos afortunados. Observemos que las palabras de Jesús, al final del texto, las dirige no sólo a sus discípulos sino a “todos”. Hoy en este “todos” tendríamos que incluir a los alejados, a los no creyentes, a los indiferentes... Hagamos que sea Adviento también para todos ellos, para todos los que nos rodean. Ésta es nuestra sencilla oración ante este nuevo Adviento: Te esperamos, Señor y esperamos el día que inundes de radiante luz nuestras vidas.

Rubén Ruiz Silleras.

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