Comentario evangélico. Domingo Pentecostés B.

Domingo de Pentecostés, 27 de mayo de 2012.  Juan 20,19-23.  Ciclo B.

EL ESPIRITU SANTO DISIPA EL TEMOR
        El evangelista Juan nos presenta el Espíritu santo como un don del Señor ya resucitado.  En la etapa del ministerio público de Jesús la efusión del Espíritu aún no se ha producido plenamente, así lo dice el mismo texto de Juan: “pues no había aún Espíritu, porque Él no había sido glorificado” (Jn 7,39c).   Cuando Juan habla de la glorificación de Jesús está aludiendo a su Resurrección.  Ahora, cuando Jesús ya ha resucitado (el texto nos certifica el carácter resucitado de Jesús a través de sus manos y el costado)  comunica su Espíritu a los discípulos.  Este es un dato relevante. Y junto con el evangelio de este domingo de Pentecostés nos ayuda a caer en la cuenta de que este tiempo que estamos viviendo, que media entre la Resurrección del Señor y su regreso definitivo, es el tiempo del Espíritu. 
         El evangelio de hoy nos da algunas claves para ayudarnos a comprender con el corazón, -no con la razón-,  el misterio del Espíritu santo:
        - Es un don, un regalo que Dios nos hace en Jesús, y como tal debe ser recibido por los creyentes.  La palabra griega “espíritu” (pneuma) tiene en el Nuevo Testamento varias posibilidades de significado.  Para Juan,  el Espíritu santo es el poder vivificador de Jesús, aquél aliento divino que fortalece al hombre y que le devuelve su dignidad.   Para todo aquel que se abre a recibir este don del cielo, el Espíritu Santo es la fuerza de Jesús que disipa los temores, los miedos, las dudas, las incertidumbres….  Nuestro texto bíblico refleja muy bien esta situación.  Antes de que Jesús resucitado aparezca entre los suyos, éstos están atemorizados, encerrados en las casas.  En ningún caso se encuentran predicando por las calles.  Están demasiado asustados.  La fuerza de Jesús, con el don de su Espíritu hará cambiar a estos hombres y convertirá su miedo en profunda alegría.
         - Jesús por dos veces desea la paz a los suyos.  De alguna forma,  Jesús pide a los suyos que también ellos deseen la paz.  Que sean testigos de esta paz del Resucitado que es, sin duda, uno de los frutos del Espíritu Santo.    La facultad que Jesús da a sus discípulos para perdonar los pecados también la podemos entender como un empeño más en aras de la verdadera paz.  El pecado rompe nuestra comunión con Dios, nuestra paz.  Recibir y conceder el perdón restituyen la paz al corazón del hombre.
         - Por último un elemento a destacar muy importante es el envío a la misión por parte de Jesús. Y para ello los discípulos reciben la fuerza del Espíritu Santo, que va a animar, acompañar y fortalecer todos sus desvelos por la causa del Evangelio.

       Disipados nuestros miedos por la acción del Espíritu Santo también nosotros somos llamados por Jesús a la misión. No podemos quedarnos de brazos cruzados.  Hay tanto por hacer. Todos podemos colaborar con la misión de la Iglesia,  ¡todos somos necesarios!

Rubén Ruiz Silleras. 

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